lunes, 30 de abril de 2012
Beato Juan Masias (V)
Sin menoscabo de las atenciones propias de dicho cargo, dedicaba a la oración cada día seis o siete horas; la noche que no había consagrado a tan recomendable ejercicio por lo menos otras tres o cuatro, le parecía a el desperdiciada. Según propia confesión, cuando esto ocurría, a la mañana siguiente experimentaba insufrible vergüenza al presentarse ante Dios. Para mayor sacrificio, cumplía estas devociones hincado de rodillas todo el tiempo. De resultas de este esfuerzo, endeble y flaco por su riguroso ascetismo, le sobrevino una llaga rebelde en una rodilla. Cuando los médicos que le visitaron habían agotado todos los recursos científicos, una noche se le apareció su protector San Juan Evangelista, dejándole milagrosamente limpio de su dolencia.
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