Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, quien, con estos alimentos sagrados, ofrece el remedio de la inmortalidad y la prenda de la Resurrección (elog. del Martirologio Romano).
- Dt 8, 2-3. 14b-16a. Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres.
- Sal 147. Glorifica al Señor Jerusalén.
- 1 Cor 10, 16-17. El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.
- Secuencia (opcional). Lauda, Sion, Salvatorem.
- Jn 6, 51-58. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El maná fue un alimento providencial en tiempos de desierto y de prueba, un alimento de vida en un contexto de peligro de muerte. Aquel alimento providencial que alimentó a un pueblo y le hizo entender que no solo de pan vivía, se convirtió en el alimento que es Jesús para su Iglesia. Un alimento que nos une en un solo cuerpo, con Jesús nuestra cabeza, pues todos comemos el mismo pan, y así es para nosotros un alimento que nos hace experimentar constantemente el fruto de su redención y que nos llevará a la vida eterna. Con esta fiesta hacemos memoria agradecida de esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros. Cuando vivimos esto somos conscientes de la dignidad de toda persona humana y por eso procuramos no pasar de largo ante los que sufren.
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El Jueves Santo instituyó Jesucristo la divina Eucaristía, y ese mismo día la conmemora la sagrada Liturgia. Pero aquella fiesta se encuentra rodeada de luto por la Pasión y Muerte de Jesús. Era convenientísimo consagrar totalmente otra gran solemnidad a la adoración y al triunfo de Jesús-Hostia, en que los transportes de júbilo no encontraran sombra de tristeza; y el Concilio de Viena de 1311 instituyó definitivamente esta solemnidad para toda la Iglesia.
En la Eucaristía, Dios alimenta a su pueblo con regaladísimo Pan, con miel destilada de la piedra, que es Cristo. En ella nos dejó Cristo un memorial de su Pasión, y por Ella participamos los frutos de la Redención. San Pablo proclama la divina Institución, como renovación mística de la muerte de Cristo, y nos enseña la pureza de alma con que hemos de comulgar. Santo Tomás resume en docta rima los principales milagros que resplandecen en la Eucaristía. Cristo nos enseña que su carne es verdadero manjar, que nos une con Él y nos comunica su vida divina, prenda de inmortalidad. La Eucaristía es símbolo y causa de la unión y la paz de la Iglesia, anticipo y prenda de los eternos deleites del cielo.
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Como celebración peculiar de esta solemnidad está la procesión, nacida de la piedad de la Iglesia: en ella el pueblo cristiano, llevando la Eucaristía, recorre las calles con un rito solemne, con cantos y oraciones, y así rinde público testimonio de fe y piedad hacia el Santísimo Sacramento.




