viernes, 18 de julio de 2014

Vida Contemplativa


TRABAJO Y ORACIÓN DETRÁS DE LA REJA

En Cantabria hay 710 mujeres de vida consagrada, de las que 127 mantienen clausura en diez monasterios

Aunque su día a día está en el convento, no son ajenas a lo que ocurre extramuros y conocen "la realidad del mundo"

"Estamos en el mismo mundo que vosotros y sabemos lo difícil que puede resultar vivir una vida cristiana en medio de tanto materialismo"

Lejos del rostro tapado y con muros abatidos hasta por internet

Primera hora de la tarde. Silencio absoluto y benéfico que implica rápidamente la desconexión del ajetreo. El padre salesiano Miguel Ángel García Luis se acerca al torno y hace sonar una campanilla. Lleva seis años como delegado episcopal para la vida consagrada. Es el visitador. A otro lado, una voz suave recibe con un 'Ave María Purísima'. Nos disponemos a entrar en un convento de estricta clausura. Primera imagen. Una contundente verja nos separa de un pequeño habitáculo, limpio, deshabitado, donde siete sillas y un cuadro de la Virgen de El Carmen esperan a las siete mujeres consagradas a Dios, únicas habitantes del Convento delas Madres Carmelitas de Alto Maliaño, como desde hace 130 años.

Otro día. Misma hora Nona. Después de las tres de la tarde. Hora de la Misericordia. Monasterio de Nuestra Señora del Río y San José en Liérganes. Más silencio. Nuevamente el rito del torno como desde hace 110 años. Esta vez la ruda cancela se sustituye por una mesa que cruza de un lado a otro en una austera estancia. Seis monjas cistercienses ponen menos distancia física, pero ese larguero recuerda al visitante que su vida no está en esta parte de los muros.

En la diócesis de Santander existen actualmente 93 comunidades de vida consagrada que integran 930 personas. Existen 11 comunidades contemplativas femeninas, con 128 monjas, a las que hay que sumar el único convento de estricta clausura masculino, el cisterciense de Cóbreces, donde viven 20 monjes.

Viven intramuros pero saben que pasa fuera. Todas han preparado este encuentro con el exterior.

Pero ¿qué es lo que mueve a una persona a enclaustrarse, a vivir detrás de los muros de un convento? "No son sentimientos lo que nos mueves. Los sentimientos viene y van, cambian, son superficiales, hablamos de algo más profundo y sólido. Más decisivo y estable, pues viene de Dios", explica Amparo, dando voz a sus hermanas cistercienses.

En su vida nada humano les es ajeno. Sus vida, ya luengas, están trufadas de compromiso: "Conocemos los afanes actuales de la juventud", explica la madre carmelita.

"En nuestra vida es muy serio todo. Los que os acercáis al monasterio no sois extraterrestres, sois para nosotras hijos de Dios, y por ende nuestros hijos", afirman las cistercienses de Liérganes.

Ora et labora. Reza y trabaja. La vida de los conventos de clausura -cada uno a su estilo- tiene un orden, "pero aunque tengamos siempre el mismo horario, cada día está lleno de sorpresas.

La vida de clausura ha ido evolucionando a lo largo de los siglos, como lo ha hecho la Iglesia y la sociedad.

La priora, abadesa o superiora se eligen democráticamente cada tres años en presencia del prelado y del delegado episcopal, cuidando de que las reelecciones no sena continuas, "para asegurar el cambio de ideas i interpretaciones de la vida de los monasterios".

Nieves Bolado (El Diario Montañés) 10-05-14

www.eldiariomontanes.es

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